Desde que Cristina desapareció, los ojos de él habían perdido el brillo, como si carecieran de alma. ¿Qué podía haberle devuelto la vida de esa manera? Exacto, Cristina.
Susan echó un vistazo rápido a la foto en su mano y adivinó lo que pensaba. Negó, arrojándole un balde de realidad.
—Jefe, no empiece a imaginar cosas. Esa mujer no puede ser Cristina.
—¡Es ella! —insistió él, apretando la foto como si fuera su salvavidas.
Esta vez no confiaba solo en sus ojos, sino en su instinto. Su corazón le gritaba que la mujer de la foto era su Cristi. Aunque su cara era diferente, esos ocho años juntos no habían sido en vano; los ojos y las cejas de esa mujer eran, sin duda alguna, los de Cristina.
—Jefe, por favor, hay mucha gente con ojos verdes en el mundo, no se engañe. Mañana le consigo un catálogo entero de chicas con ojos verdes si quiere...
Susan se masajeó la sien con exasperación. Sentía que Paolo estaba perdiendo la razón. Aparte del color de ojos, la mujer de la foto no tenía ningún