La oscuridad de la noche resultaba inquietante; el viento gélido que soplaba a media montaña se colaba al interior, agitando las cortinas blancas.
—Cristi... Cristi... despierta... tienes que despertar...
Paolo tenía la cara desencajada por la ansiedad. Con movimientos torpes y apresurados, sacó del agua a Cristina, quien ya había perdido el conocimiento, y la depositó con delicadeza sobre la cama.
—Cristi... Cristi...
Extendió la mano y le dio unas palmaditas suaves en las mejillas, que habían