La verdad que destruye

Valeria no durmió ni un minuto esa noche.

Se quedó sentada en la cama con la espalda contra la cabecera, abrazando sus rodillas mientras miraba fijamente la puerta. Cada ruido que escuchaba en el penthouse la hacía tensarse. Cada segundo que pasaba se sentía como una cuenta regresiva.

Cuando el reloj marcó las 6:15 de la mañana, la puerta de su habitación se abrió sin tocar.

Alejandro entró vestido con un traje negro impecable, como si ya llevara horas trabajando. Su presencia llenaba toda la habitación. Se detuvo a unos metros de la cama y la observó en silencio.

—No has dormido —dijo. No era una pregunta.

Valeria levantó la mirada. Tenía los ojos hinchados y la cara pálida.

—¿Cómo esperas que duerma sabiendo que estoy encerrada aquí como si fuera tu mascota?

Alejandro no respondió inmediatamente. Caminó hasta una de las ventanas y miró hacia la ciudad que empezaba a despertar. El sol apenas comenzaba a salir.

—Anoche dijiste que Raúl te mostró las fotos —habló por fin, sin girarse—. Quiero que me cuentes exactamente cómo fue. Cada detalle.

Valeria apretó los labios. Hablar de eso era abrir una herida que nunca había sanado.

—Fue dos días después de que tú te fueras de viaje —empezó con voz baja—. Apareció en el departamento que compartíamos. Me dijo que tenía algo importante que mostrarme. Me entregó un sobre con fotos tuyas… estabas en tu oficina con una mujer rubia. La tenías sentada sobre tu escritorio, la besabas. Parecía muy real.

Alejandro se giró lentamente hacia ella. Su expresión era dura como el acero.

—Continúa.

—Me dijo que llevabas meses viéndola. Que yo solo había sido un entretenimiento mientras estabas soltero. Me dio un pasaporte falso, dinero en efectivo y me ayudó a salir del país esa misma noche. Me dijo que si quería salvarme, tenía que desaparecer para siempre.

El silencio que siguió fue tan pesado que Valeria sintió que le faltaba el aire.

Alejandro se acercó a la cama y se sentó frente a ella. Por primera vez, Valeria pudo ver claramente la furia contenida en sus ojos.

—Esa mujer era la esposa de mi socio principal. Estábamos cerrando un divorcio millonario para salvar la empresa. Las fotos fueron manipuladas. Raúl las preparó él mismo.

Valeria sintió que el estómago se le revolvía.

—¿Por qué haría algo así?

—Porque te quería para él —respondió Alejandro con voz fría—. Y porque odiaba que yo te tuviera. Siempre fuiste su obsesión.

Valeria cerró los ojos, sintiendo cómo todo su mundo se derrumbaba por segunda vez.

—Entonces… perdí cinco años de mi vida por una mentira.

—Sí —dijo Alejandro sin suavizarlo—. Y yo perdí cinco años buscándote como un loco.

Se hizo un silencio largo. Valeria sentía las lágrimas acumulándose en sus ojos, pero se negaba a llorar frente a él.

—¿Qué quieres de mí ahora? —preguntó finalmente, con la voz quebrada.

Alejandro la miró directamente a los ojos.

—Quiero todo. Tu tiempo. Tu presencia. Tu cuerpo. Tu confianza. Y aunque sé que eso último no lo tendré pronto… estoy dispuesto a esperar.

Se levantó de la cama y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y dijo sin girarse:

—Dentro de una hora vendrán a traerte desayuno. Te sugiero que te duches y te cambies. No quiero que pases el día con esa ropa arrugada.

Cuando la puerta se cerró, Valeria se dejó caer sobre la cama, exhausta.

Cinco años.

Todo había sido una mentira.

Y ahora estaba encerrada con el hombre que, sin saberlo, también había sido víctima de la misma trampa.

Se llevó las manos al rostro y, por primera vez en mucho tiempo, lloró sin control.

Después de casi veinte minutos llorando sin control, Valeria se levantó de la cama con las piernas temblorosas. Caminó hasta el baño y se miró en el enorme espejo.

Tenía los ojos hinchados, el maquillaje corrido y el cabello hecho un desastre. Parecía exactamente lo que era: una mujer rota.

Abrió la ducha y se metió debajo del agua caliente sin siquiera quitarse la ropa. Se abrazó a sí misma mientras el agua caía sobre su cabeza, mezclándose con sus lágrimas.

“Todo fue mentira…”, repetía en su mente una y otra vez.

Cuando salió de la ducha, encontró sobre la cama un vestido negro sencillo pero elegante, junto con ropa interior nueva y un par de zapatos de tacón. Todo de su talla exacta. Eso la estremeció. Alejandro había preparado hasta el último detalle.

Se vistió en silencio. Cuando terminó, se miró al espejo. El vestido le quedaba perfecto, pero el reflejo que veía no parecía ella. Parecía una muñeca arreglada para su captor.

La puerta se abrió nuevamente. Esta vez entró una mujer de unos cincuenta años, vestida con uniforme de servicio. Llevaba una bandeja con desayuno: café, frutas, huevos y pan recién horneado.

—El señor Montenegro dice que debe comer —dijo la mujer con voz amable pero distante—. Si necesita algo, solo tiene que marcar el número uno en el teléfono interno.

Valeria miró la comida. A pesar de que no tenía apetito, sabía que necesitaba fuerzas. Comió en silencio mientras la mujer recogía la ropa sucia del baño.

—¿Cuánto tiempo lleva trabajando para él? —preguntó Valeria de repente.

La mujer se quedó quieta un momento antes de responder.

—Siete años, señorita.

—¿Y no le molesta que tenga a una mujer encerrada aquí contra su voluntad?

La mujer la miró con una mezcla de lástima y advertencia.

—El señor Montenegro no es un hombre al que se le pueda decir que no. Y usted… debería comer y descansar. Es lo mejor que puede hacer.

Cuando la mujer salió, Valeria se quedó mirando la puerta cerrada. Estaba completamente sola otra vez.

Se acercó al ventanal y miró la ciudad desde lo alto. Todo se veía tan pequeño desde aquí. Se sentía como si estuviera en una jaula de cristal.

De repente, la voz de Alejandro sonó a través de un altavoz oculto en la habitación:

—Valeria, baja al salón principal en diez minutos. No me hagas subir a buscarte.

Ella cerró los ojos, frustrada. Ni siquiera tenía privacidad.

Miró el teléfono interno que le había mencionado la señora. Marcó el número uno.

—¿Sí, señorita? —respondió la misma mujer.

—Dígale al señor Montenegro que no voy a bajar.

Hubo un silencio del otro lado.

—Como usted diga.

Valeria colgó y se sentó en la cama, desafiante.

Pasaron exactamente ocho minutos antes de que la puerta se abriera con fuerza.

Alejandro entró con la mandíbula tensa y una expresión oscura. Se detuvo frente a ella, mirándola desde arriba.

—Parece que no entendiste las reglas —dijo con voz peligrosamente baja.

Valeria levantó la barbilla.

—No soy tu empleada. No puedes darme órdenes.

Alejandro se inclinó lentamente hasta quedar a la altura de su rostro.

—Te equivocas. Eres mía. Y mientras estés bajo mi techo, harás exactamente lo que yo te diga.

La tomó del brazo y la levantó de la cama sin esfuerzo.

—Ahora vas a bajar conmigo al salón. Y vas a empezar a entender cómo van a ser las cosas de ahora en adelante.

Valeria lo miró con odio puro mientras él la arrastraba hacia la puerta.

—Te odio —susurró.

Alejandro sonrió con frialdad, sin soltarla.

—Perfecto. Usa ese odio, Valeria… porque lo vas a necesitar.

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