Reglas y límites

Alejandro la arrastró por el pasillo sin soltarla del brazo. Valeria intentaba resistirse, pero él era demasiado fuerte. La llevó hasta el salón principal, una sala enorme con ventanales que iban del piso al techo y una vista impresionante de toda la ciudad.

—Suéltame —exigió ella, intentando zafarse.

Alejandro finalmente la soltó, pero se quedó bloqueando la salida. La miró con esa calma fría que la ponía nerviosa.

—Siéntate —ordenó, señalando uno de los sofás.

Valeria se cruzó de brazos y se quedó de pie.

—No soy un perro para que me des órdenes.

Alejandro suspiró, como si estuviera tratando con una niña rebelde. Se quitó el saco del traje y lo colocó sobre el respaldo de una silla. Luego se sentó en el sofá frente a ella, mirándola fijamente.

—Vamos a dejar las cosas claras desde ahora, Valeria. No voy a repetirlas dos veces.

Ella levantó una ceja, esperando.

—Primero: no vas a salir de este penthouse sin mí. Ni siquiera al balcón.

—Segundo: no vas a tener contacto con nadie del exterior. Ni llamadas, ni mensajes, ni redes sociales.

—Tercero —sus ojos se oscurecieron—, no volverás a desafiarme delante de mi personal. Si te digo que bajes, bajas. Si te digo que comas, comes. ¿Entendido?

Valeria soltó una risa amarga.

—¿Y si no lo hago?

Alejandro se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.

—Entonces aprenderás por las malas que no es buena idea desafiarme.

Se levantó y caminó hasta un pequeño bar que había en la esquina. Sirvió dos vasos de agua y le extendió uno. Esta vez Valeria lo aceptó, aunque solo para tener algo en las manos.

—¿Cuánto tiempo piensas tenerme aquí? —preguntó ella después de un largo silencio.

—Todo el tiempo que sea necesario hasta que entiendas que aquí es donde perteneces.

Valeria dejó el vaso con fuerza sobre la mesa.

—¿Pertenecer? ¡Tú no me posees, Alejandro!

Él dio dos pasos hacia ella, invadiendo su espacio personal.

—¿No? —preguntó con voz baja y peligrosa—. Entonces dime, Valeria… ¿por qué tu cuerpo todavía reacciona cuando estoy cerca?

Valeria sintió que el rostro se le calentaba. Dio un paso atrás, pero Alejandro avanzó.

—Admítelo —susurró él—. Aunque me odies… todavía sientes lo mismo que sentías hace cinco años.

—Eso no es verdad —respondió ella, pero su voz salió más débil de lo que pretendía.

Alejandro levantó una mano y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos. El gesto fue sorprendentemente suave.

—Tu mente puede mentirme, Valeria… pero tu cuerpo no.

Valeria le apartó la mano de un manotazo.

—No me toques.

Él sonrió, pero no era una sonrisa agradable.

—Todavía tienes fuego. Me gusta eso. Va a ser más divertido cuando lo apague.

Valeria sintió un escalofrío. Dio otro paso atrás.

—¿Qué es lo que realmente quieres de mí, Alejandro? ¿Venganza? ¿Control? ¿Qué?

Él la miró en silencio durante varios segundos antes de responder:

—Quiero lo que me quitaste cuando te fuiste. Quiero los cinco años que me robaste. Quiero que me mires como me mirabas antes… antes de que te llenaran la cabeza de mentiras.

Valeria sintió que le faltaba el aire. La intensidad en la mirada de Alejandro era demasiado.

—No puedo darte eso —susurró—. Esa Valeria ya no existe.

Alejandro dio un paso más, quedando tan cerca que sus cuerpos casi se tocaban.

—Entonces voy a hacer que vuelva —dijo con determinación—. Aunque tenga que romperte en mil pedazos para reconstruirte.

Se inclinó lentamente hasta que sus labios quedaron a solo centímetros de los de ella.

—Y cuando lo haga… vas a rogarme que nunca te deje ir.

Valeria contuvo la respiración, sintiendo el calor que emanaba del cuerpo de Alejandro.

En ese momento, ambos sabían que la guerra apenas estaba comenzando.

Valeria retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared de cristal. No tenía más espacio para escapar. Alejandro se detuvo a solo unos centímetros de ella, tan cerca que podía sentir su aliento sobre su rostro.

—No te tengo miedo —dijo ella, aunque su voz temblaba ligeramente.

—Deberías —respondió Alejandro en voz baja—. Porque no soy el mismo hombre que conociste hace cinco años. Aquel Alejandro todavía tenía algo de paciencia. Ese ya no existe.

Levantó una mano y colocó un mechón de cabello detrás de su oreja con una delicadeza que contrastaba con la dureza de sus palabras.

—Durante cinco años imaginé este momento de mil formas diferentes —continuó—. A veces te encontraba y te traía de regreso a casa. Otras veces te encontraba en brazos de otro hombre… y destruía a quien se hubiera atrevido a tocar lo que era mío.

Valeria sintió un escalofrío recorriéndole la espalda.

—No soy tuya.

Alejandro sonrió con amargura.

—Ahí es donde te equivocas. Fuiste mía desde el primer día que entraste a mi oficina. Y sigues siéndolo, aunque te niegues a aceptarlo.

Se alejó un par de pasos, dándole un poco de espacio. Valeria respiró aliviada, aunque sabía que era temporal.

—Voy a darte una oportunidad —dijo él, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón—. Una sola. Si cooperas, tu estancia aquí será mucho más llevadera. Si te resistes… las cosas se van a poner difíciles.

—¿Cooperar en qué exactamente?

—En aceptar tu nueva vida. En dejar de luchar contra lo inevitable. En permitir que te cuide como siempre debí hacerlo.

Valeria soltó una risa incrédula.

—¿Cuidarme? ¿Encerrándome en un penthouse como si fuera tu prisionera? ¿Eso es cuidarme para ti?

Alejandro la miró con seriedad.

—Prefiero tenerte encerrada y viva, que libre y en peligro. Raúl no es el único que quería hacerte daño. Hay muchas personas que me quieren destruir, y la mejor forma de llegar a mí… es a través de ti.

Valeria frunció el ceño.

—¿Estás diciendo que me secuestraste para protegerme?

—Te traje de vuelta porque eres mía —respondió con crudeza—. Pero sí, también para protegerte. No tienes idea de lo peligroso que se volvió mi mundo después de que te fuiste.

Caminó hacia el bar y se sirvió un vaso de whisky. Le ofreció uno a ella, pero Valeria negó con la cabeza.

—Dime algo —dijo Alejandro después de tomar un sorbo—. ¿Fuiste feliz en esos cinco años?

Valeria se quedó en silencio varios segundos antes de responder.

—Aprendí a sobrevivir. No era felicidad… era supervivencia.

—¿Y hubo alguien más? —preguntó él. Aunque su voz sonaba calmada, sus ojos mostraban una tormenta contenida—. ¿Algún hombre que te tocara?

Valeria levantó la mirada y lo enfrentó directamente.

—¿Eso te importaría?

La expresión de Alejandro cambió por completo. Dio un paso hacia ella con una intensidad que la hizo contener la respiración.

—Si algún hombre te puso una mano encima… voy a encontrar a cada uno de ellos. Y voy a hacerles pagar cada segundo que te tocaron.

Valeria sintió que el corazón se le aceleraba.

—No hubo nadie —admitió en voz baja—. Nunca pude… estar con nadie más. Cada vez que lo intentaba, tu cara aparecía en mi mente.

La expresión de Alejandro se suavizó por un instante. Dejó el vaso sobre la mesa y se acercó lentamente a ella.

—Bien —susurró—. Porque la sola idea de que otro hombre te haya tocado me vuelve loco.

Le tomó el rostro con ambas manos, obligándola a mirarlo.

—Eres mía, Valeria. Lo fuiste entonces, lo eres ahora, y lo seguirás siendo siempre.

Valeria sintió que las lágrimas volvían a quemarle los ojos.

—No sé si podré perdonarte por esto —susurró.

—No te estoy pidiendo perdón —respondió él con honestidad—. Te estoy pidiendo tiempo. El resto… lo iremos construyendo día a día.

Se inclinó y depositó un beso suave en su frente. El gesto fue tan inesperado que Valeria se quedó congelada.

Cuando Alejandro se apartó, su expresión había vuelto a ser fría y controlada.

—Ahora ve a tu habitación. Descansa. Esta conversación no ha terminado.

Valeria lo miró una última vez antes de caminar hacia el pasillo.

Sabía que estaba en problemas.

Porque aunque su mente gritaba que lo odiaba… su corazón empezaba a dudar.

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