Valeria estaba sentada en la sala de música, pero esta vez no tocaba. Damián le había prohibido el piano por tres días como “castigo” por haberlo mirado con demasiado desafío la noche anterior. En cambio, la obligaba a quedarse allí, vestida solo con una bata de seda negra abierta, esperando.
El reloj marcaba las 2:17 de la tarde cuando el teléfono de Damián vibró sobre la mesa. Él contestó, habló en voz baja y salió del penthouse sin darle explicaciones. Era la segunda vez en una semana que se