Valeria temblaba entre los brazos de Mateo. El estacionamiento desierto olía a gasolina y lluvia reciente. Por un segundo, todo el peso de los últimos meses se derrumbó sobre ella y lloró como no había llorado en mucho tiempo.
—Tenemos que movernos —dijo Mateo con urgencia, mirando hacia la carretera—. Damián ya debe saber que desapareciste. Viktor ganó tiempo, pero no mucho.
Valeria se secó las lágrimas con el dorso de la mano y asintió. Subieron al auto que Mateo había traído: un todoterreno