Mundo ficciónIniciar sesión*FIORELLA VALENTI*
El temblor en mis manos me impiden sostener la pequeña prueba de embarazo entre mis dedos para que la misma no caiga al suelo. Aún no refleja ningún resultado, pero mis nervios y ansiedad me impiden esperar el tiempo necesario para saber si hay una vida que crece dentro de mis entrañas o aún tengo que seguir intentándolo. Cierro los ojos y respiro hondo, necesito relajarme porque de esa manera no voy a lograr nada. Sea cual sea el resultado, me tengo que enfrentar a las consecuencias y mi cruel realidad; estar casada con uno de los abogados más importantes del país. En mi vida lo que había comenzado como un hermoso cuento de hadas, terminó convirtiéndose en la pesadilla que me tenía encerrada en el baño del hospital donde estaba de guardia, haciéndome una prueba de embarazo y rogando que la misma saliera positiva. Porque sí, el resultado debía ser positivo si no quería nuevamente enfrentarme a la furia de mi esposo y su familia. Ellos anhelaban un nieto, pero más que eso, un heredero que pudiera representar a la familia con honor y llevar los negocios cuando creciera. En nuestro mundo así funcionaban las cosas, lamentablemente mi destino estaba escrito desde que había nacido y no había nada que pudiera hacer para cambiarlo. En una familia como la mía, nacias, crecias y te casabas con el candidato más indicado para unir apellidos y sumar poder. No existía amor, mucho menos compasión. Por suerte, teníamos permitido estudiar y tener un poco de libertad, razón por la que decidí seguir mi corazón y estudiar medicina. Era médico cirujano y no me arrepentia en lo absoluto de mi decisión, amaba con locura mi profesión y estaba dispuesta a morir ejerciendo. Algo con lo que no estaba de acuerdo mi esposo, él me quería en casa disfrutando de los frutos de su trabajo y siendo una esposa ejemplar, pero estar en el hospital era lo único que me hacía sentirme libre en medio de la cárcel de matrimonio en la que me encontraba. «Negativo» La palabra resonó en mi cabeza en cuanto miré la prueba y una sola rayita roja presente en la misma. Mi corazón comenzó a latir frenéticamente en mi pecho, los nervios se apoderaron de mi cuerpo y comencé a llorar como una niña pequeña al imaginar todo lo ue pasaría cuando supieran que, por quinta vez consecutiva, la prueba salía negativa. Dios mío. Sin saber qué hacer ni cómo reaccionar, me senté encima del inodoro cerrado y oculte mi rostro entre mis manos mientras me permitía llorar como una niña pequeña. El mundo se me estaba viniendo encima y no sabía que hacer para detener todo lo que pasaría en mi realidad los siguientes días. La furia de mi esposo, mis suegros, mis papás. Sobre todo de mi esposo. Mi cruel y despiadado esposo, ese que se negaba a aceptar una prueba negativa por quinta vez consecutiva. La alarma de mi teléfono suena sacándome de mis pensamientos y recordandome que es demasiado el tiempo que tengo en el baño. Rápidamente guardo la prueba en el bolsillo de mi bata y pongo mi mejor sonrisa para disimular que me estoy muriendo por dentro al imaginar que, tal vez, nunca podría ser mamá. (...) Hundo mis manos en los bolsillos de mi bata y apresuro mis pasos hasta el área de los dormitorios. Necesito mantenerme lo más alejada posible de todo el drama que se encuentra protagonizando la clínica. Hay policías por doquier esperando a cualquier miembro de las bandas criminales más peligrosas del país. Según había escuchado, habían tenido un enfrentamiento y varios de ellos estaban heridos. Y, como era de esperarse, la policía los cazando como animales. Estaban ubicados de manera estratégica en cada uno de los pasillos, nadie podía entrar ni salir sin la autorización de ellos, pero aún así yo me encontraba extremadamente nerviosa y necesitaba mantenerme alejada de todo ese drama. Salgo de mis pensamientos rápidamente al chocar con un pecho enorme, enfundado en un uniforme de la policía. Al levantar la vista, no puedo apreciar el rostro del hombre, su cara está cubierta con un pasa montañas y sus manos ocupadas sosteniendo un arma que apunta directamente a mi rostro. El olor a nicotina me hace arrugar la nariz, pero decido ignorarlo y fingir demencia. —¿A donde vas —pregunta con voz ronca y mi corazón amenaza con salirse de mi pecho al verme en la boca del lobo. —Al área de los dormitorios, mi turno ha terminado y voy a descansar —miento con total descaro intentando que mi voz no me delate. —¿Qué especialidad desempeñas? —pregunta nuevamente examinandome de arriba a abajo y mis piernas tiemblan al oirlo. Sentía que en cualquier momento me desmayaria de los nervios. Solo puedo ver sus ojos y los mismos no muestran más que frialdad y maldad pura. Respiré hondo e intente sonreír para parecer amigable y pasar desapercibida. —Médico cirujano —digo al instante, él asiente y justo cuando siento que ya todo ha terminado, habla nuevamente. —Acompáñame, hay un paciente que se está debatiendo entre la vida y la muerte —toma mi brazo con fuerza y me obliga a caminar con él por todo el pasillo solitario. No, no, no. Su agarre es fuerte, lo suficiente como para hacerme temblar del miedo al escuchar la pequeña voz en mi cabeza que me indica que algo está mal con ese sujeto. —Espera, mi turno ha terminado, en el área de emergencias hay más colegas que pueden ayudarte con lo que necesitas —intento convencerlo, pero parece no escucharme ni tener la más mínima intención de soltarme. Llegamos hasta la parte trasera del hospital y me hace salir por la puerta de emergencia que da hacia el estacionamiento exclusivo para médicos. Miro a todos lados intentando buscar una señal de que esto está bien y él simplemente me está llevando a donde está la supuesta persona con la emergencia médica, pero la realidad cae sobre mí como un baño de agua fría. Varios hombres de la misma contextura de él, altos, llenos de tatuajes y armados hasta los dientes se encuentran frente a una furgoneta con las puertas de par en par abiertas. En la misma están dos de mis compañeros de guardia, amordazados y con las manos y pies atados. Todos los hombres armados están vestidos de policías, pero es demasiado tarde cuando me doy cuenta de que en realidad no lo son. En cuanto todo hace click en mi cabeza, intento correr nuevamente hasta las instalaciones del hospital para pedir ayuda, pero unos brazos fuertes me toman por detrás y me impiden correr por mi vida. —Un movimiento más y tus órganos servirán como comida para nuestros perros guardianes —amenaza con voz dura. La sangre se congela en mi cuerpo al escuchar sus palabras y el mundo se me viene abajo al comprender mi realidad. Me han secuestrado.






