Mundo de ficçãoIniciar sessão*Fiorella Valenti*
El corazón quiere salirse de mi pecho en cuanto siento el cañón frío de la pistola apuntar directamente en mi frente. El auto va en marcha a quien sabe donde, un hombre se encuentra acostado en una camilla con una herida abierta en su estómago que no pinta nada bien y parece estar inconsciente, o eso creo. Alrededor de tres hombres más se encuentran frente a nosotros apuntandonos con sus armas como si sus vidas dependieran de ello y en completo silencio, como cual psicópata cazando a su presa. Mis manos tiemblan sin que pueda evitarlo y las lágrimas empapan mi rostro mientras suplico en silencio por mi vida y la de mis compañeros quienes se encuentran a mi lado llorando. Aún no me han amarrado al igual que ellos, algo que agradezco profundamente, pero aún así las amenazas no han cesado y eso solo logra alterarme más de lo que me gustaría admitir. Ellos no parecían ser de los que amenazaban solo por asustar, en sus miradas podía notar como disfrutaban tenernos en aquella situación y el morbo que les generaba sentir y ver el miedo brotar por nuestros poros —Por lo que más quieran —suplico al notar como el tipo que me tiene apuntada con su arma me mira directamente a los ojos —, no nos hagan daño, por favor. Les juro que si nos dejan ir no diremos nada —junto mis manos como si fuera a rezar intentando tener un poco de compasión de su parte, pero en respuesta solo obtengo silencio. Reprimo un sollozo en cuanto escucho como quita el seguro del arma y lo pega a mi frente de tal forma que mi cabeza pega de una manera brusca contra la pared del auto. Eso dolió. —Si no cierras la maldita boca y le salvas la vida al jefe, yo personalmente me encargaré de arrancarte las uñas de las manos a sangre fría y con pinzas —prometió con un tono de voz siniestro y un escalofrío recorrió mi cuerpo al escuchar sus palabras. No me hacía falta ver debajo de su pasamontañas para saber que estaba sonriendo como un jodido psicópata. No parecía estar jugando y no me apetecía tentar mi suerte. Voltee a ver a mis compañeros quienes solo se encontraban llorando en silencio y decidí poner de mi parte. Él decía que solo debíamos salvar la vida de su jefe y que seríamos libres, ¿o no? Jodida la hora en la que se me ocurrió salir de mi área de trabajo para realizarme la prueba de embarazo. Respiro hondo y asiento. —¿Puedo revisarlo para saber que tiene? —pregunto con voz temblorosa intentando no demostrar el miedo, pero fallo considerablemente en el intento. —Aproximadamente nueve balas están dentro de su cuerpo, desde el medio día estamos con él en esa situación. Tratamos de detener la hemorragia, pero parece que su cuerpo comienza a perder fuerza cada minuto que pasa —explica rápidamente y asiento al escucharlo. Intento poner mis ideas en orden y pensar con claridad mi siguiente paso. Me encantaría pedir la opinión de mis colegas, pero ellos parecen estar muy asustados como para dar un diagnóstico, así que decido armar me de valor y tomar la b****a. Miro al hombre tendido en la camilla con los ojos cerrados y luego al que me tiene apuntada con el arma, este asiente al entender que quiero acercarme a su jefe para revisarlo y lo hago, pero me detengo en seco ante sus palabras. —Un movimiento en falso y ya sabes lo que te espera a ti y tus colegas —amenaza y asiento con el corazón a millón por segundo. Evito tocar la herida ya que no tengo guantes, pero si la visualizo desde distintos ángulos para intentar observar que tan profunda es. Al observar su rostro, suelto un jadeo al ver como una enorme cicatriz corre desde su ojo izquierdo hasta más abajo de su mandíbula. La misma es gruesa y algo profunda, lo que me hace imaginar lo doloroso que fue esa herida. —Necesita hidratación —digo rápidamente en cuanto siento la presencia del hombre detrás de mi. Coloca el arma detrás de mi oreja y luego su boca para susurrar. —Haz lo que sea necesario, solo asegúrate de salvar su vida si quieres conservar la tuya. Trago grueso al escucharlo y asiento. Al mirar a mi alrededor, veo todo tipo de insumos y justo lo que necesito para tomarle una vía, por lo que me apresuro a colocarme unos guantes y respirar hondo para tomar el brazo de aquel misterioso hombre. Pego un pequeño brinco del susto en cuanto el mismo abre los ojos de par en par y aparta su brazo de mi toque como si quemara. Dios. Tal como lo imaginé, su ojos izquierdo está completamente dañado, el derecho está sano y es el que me observa con una frialdad que paraliza mi cuerpo del miedo. A pesar de ese pequeño detalle, su mirada es penetrante y carente de cualquier emoción, en la misma lo que se puede observar es frialdad, misma que logra ponerme los pelos de punta. Su cabello negro cae por su rostro empapado en sudor y llega hasta su frente, es largo, pero no lo suficiente como para llegar a sus ojos. Sus facciones son duras, es el tipo de hombre que aparecen en las películas como el villano de la historia. Es el tipo más aterrador que haya conocido en mi vida. Su aura es tan oscura como la noche, su mirada es fría, calculadora y no parece estar herido de bala ya que en su rostro no muestra ningún síntoma de dolor. —Y-yo —tartamudeo al sentirme observada por él y aún más al notar como guarda silencio ante mi evidente nerviosismo. Noto como escanea el pequeño espacio en el que nos encontramos y luego deja su mirada fija en mí, que aún sostengo su brazo entre mis manos sin tomarle la vía de una vez por todas. —Le tomaré una vía para mantenerlo hidratado mientras llegamos a nuestro destino —me apresuro a explicarle mi próximo movimiento para no tomarlo por sorpresa y él asiente. Realizo el procedimiento sin inconveniente alguno y ante su atenta mirada y las lágrimas cayendo por mis mejillas sin que pueda detenerlas. El miedo sigue presente en mi sistema y más aún al sentir el peso de las armas apuntarme con precisión. Al terminar, le sonrío tratando de ser amable y me siento al lado de mis compañeros, quienes no emiten más sonidos que sollozos ahogados. Aprieto mis muslos con los dedos intentando mantenerme serena, pero el corazón comienza a latir con fuerza en mi pecho al notar como el hombre se recuesta nuevamente en la camilla y pierde el conocimiento. Espera, ¿qué? Rápidamente uno de los hombres que nos tienen apuntados se acerca a él y le toma los signos vitales para luego voltear a verme con seriedad. —¿Qué carajos le hiciste? —se acerca a mí y coloca su mano en mi cuello apretandolo con fuerza. Una de mis compañeras pega un pequeño grito al notar la acción de aquel hombre, pero eso no logra detenerlo en lo absoluto, al contrario, parece darle más razones para apretar mi cuello e intentar cortar mi respiración. Si salgo ilesa de esta, será por pura suerte. Me declaro como mujer muerta. Maldita sea.






