—Sofía, por supuesto.
En el instante en que esas palabras salieron de la boca de Vicente, Marcos frenó en seco. Los neumáticos chillaron contra el pavimento.
—¡Perdón, jefe! —se disculpó Marcos apresuradamente, con la espalda empapada en sudor frío.
Para su sorpresa, Vicente no se enfadó. Simplemente levantó su fría mirada, estudiando a su asistente por el espejo retrovisor. —¿Tanto te sorprende mi respuesta?
Las manos de Marcos temblaban sobre el volante. Estaba más que sorprendido. Aquello pon