Sus intenciones eran tan evidentes, tan burdas, que Valeria casi sintió lástima.
Valeria se inclinó hacia delante.
Al verla acercarse, Mónica no retrocedió. En su lugar, alzó ligeramente la barbilla para mirarla.
Valeria esbozó una sonrisa en sus labios.
—Mónica, aún no eres lo suficientemente despiadada. Con eso, jamás harás nada grande. Deberías haber esperado a que los niños quedaran ciegos o sordos, y luego esconderte lejos, observando cómo yo me consumía el dolor y la culpa.
¡El corazón de