El silencio era mutuo.
La quietud al otro lado de la línea hizo que se le bajaran los celos a Sebastián.
Al final, era justo como pensaba: lo suyo era pura fachada.
Eduardo no era más que un escudo que Valeria usaba.
Sin embargo, justo cuando ese pensamiento cruzaba su mente, la respuesta llegó desde el teléfono:
—Sí.
El tono de Eduardo no tenía rastro de broma ni vacilación.
Valeria colgó de inmediato y miró a Sebastián.
—Basta de creer que no puedo vivir sin ti. En el pasado fui una tonta. De