Su mirada fría rozó el rostro de Carolina como una presión que la aplastaba.
Sonrió levemente.
—No hace falta que el Señor Jiménez sea cortés. Puje lo que puje, yo lo igualaré.
Sebastián contuvo la respiración.
Quizás el desafío entre hombres lo había picado de lleno.
—¡Ciento cincuenta millones!
Aumentó cincuenta millones de golpe.
El subastador hizo una breve pausa.
—¿Alguna otra oferta?
Eduardo, sin dudar:
—Doscientos millones. Transferencia inmediata.
Transferencia inmediata…
Es decir, j