Las gachas se cocían a fuego lento en el gran fogón de la cocina. Pero, por mucho que las revolviera con el cucharón, la avena simplemente parecía no querer tener buen aspecto, ni tomar el buen sabor de los ingredientes.
«¡Dios mío!¿Por qué?¿Por qué tengo que actuar siempre como una idiota?¡¿Por qué?!»
Se quejó Alba con frustración. Hablaba del desayuno, pero su mente no se encontraba allí. En realidad, su mente seguía en el altillo y en la forma en la que se había comportado.
No entendía