Kenneth.
Si me hubieran dicho que algún día viviría en un lugar como ahora, seguramente le habría dicho a esa persona que estaba jodidamente loca. Pero es una realidad. Ha pasado un mes desde “mi fallecimiento”, y puedo decir que nunca antes me había sentido tan triste y a la vez tan inspirado.
Vivo en un pequeño pueblo en Nueva Zelanda. Mi casa, a la orilla de un lago, es una especie de casa campestre pequeña, cálida y demasiado encantadora. Sus ventanas me regalan las mejores vistas naturales