Al día siguiente
New York
Lance
La habitación huele a antisepsia y a miedo. La luz tenue ilumina los contornos pálidos de Karina; su respiración, irregular, rompe el silencio con un ritmo que me hace contener el aliento. Sostengo su mano, tembloroso, aferrándome a ella como si soltarla significara perderla también a ella. La pérdida de nuestro hijo me golpea con fuerza, pero no puedo quebrarme.
—Hijo… deberías comer algo, descansar —susurra mi madre, posando su mano sobre la mía. Su voz es un hi