Capítulo Treinta.
—Aria, en verdad, si me sigues preguntando si estoy bien, terminaré pidiendo ayuda para ti, y no para mí. —rebatió la rubia mostrando una sonrisa y bebiendo una taza de café, su manera de reaccionar ante los eventos de días atrás, tenían más que sorprendidos a Alexander y Aria, mientras que a Evelyn la veía cautelosa, no terminaba de comprender a esa mujer, ¿acaso no tenía sangre en las venas?, ¿era todo un truco?, ¿o se enfrentaba a un monstruo aún mayor que Lucrecia?
—No lo puedo creer. —dijo