Aunque Edmond confiaba ciegamente en las decisiones que Lucero tomaba para la familia, de eso no tenía duda, ni lo cuestionaría jamás, en esta ocasión era imposible que sus manos dejaran de temblar, o que la ansiedad no le oprimiera el pecho, porque la que estaba secuestrada, no era un nombre más en los reportes de la noche, era su nieta, su propia sangre, y él, que en un pasado fue el encargado de manejar las noches turbulentas de Nueva York, el que conocía cada rincón oscuro, cada movimiento