Diego llamó el sábado.
Tres días después de la conversación del apartamento. El tiempo que Isidora había necesitado para encontrar la respuesta completa y que Diego había calculado sin que nadie le dijera que calcular ese tiempo era exactamente lo correcto.
—¿Quedamos para comer? —dijo.
—Sí.
El restaurante de siempre. La mesa del fondo. La luz amarilla que hacía que todo pareciera más cálido de lo que era.
Diego llegó primero esta vez también.
La diferencia entre la cena del jueves y este almue