La calle Génova estaba en sombra a esa hora.
Barcelona en octubre tenía esa luz de mañana que no terminaba de decidir si era azul o gris. Las farolas todavía encendidas. Los escaparates con el primer turno de luz artificial. El sonido de una ciudad que arranca: el camión de basura al fondo de la calle, el motor de una moto que se aleja, la conversación de dos personas que abren un negocio y hablan sin mirarse.
Eran las nueve menos tres minutos cuando Isidora entró al edificio del número catorce