El cristal del escritorio estaba helado contra los nudillos de Isidora.
Matteo apretó el agarre sobre su muñeca con una exactitud que no parecía rabia, sino cálculo. La presión era la justa para inmovilizar el hueso sin dejar una marca visible que al día siguiente pudiera convertirse en noticia o en escándalo. Isidora conocía ya ese tipo de violencia: la que no busca herir, sino demostrar que podría hacerlo.
—Abre la mano —ordenó él.
La voz no subió un solo matiz. Fue una sentencia plana, limpia