Matteo salió del ascensor.
Isidora no entró.
Se quedaron en el pasillo del sótano, los dos de pie, con la carpeta de él bajo el brazo y el teléfono de ella todavía en la mano. El ascensor emitió un pitido suave y las puertas se cerraron solas detrás de él.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Matteo. La pregunta directa de quien tiene la sorpresa suficiente como para saltarse el protocolo.
—Lo mismo que tú, supongo —dijo Isidora.
Él llevaba una carpeta. No la de documentos de contratos que habría en el