Capítulo — Caminos que se rozan
La tarde en Colonia caía con un cielo limpio y una brisa que olía a río y a historia. Las campanas de la Basílica Menor repicaban a lo lejos, y el murmullo de los turistas se mezclaba con el andar pausado de los locales. La ciudad parecía detenida en un tiempo propio, como si jugara con el destino de quienes la caminaban.
En una mesa frente a la plaza, Brisa y Alexia compartían una pizza con Alejandro. Alma y Gabriel habían salido a recorrer las calles empedra