El sonido tenue de la lluvia sobre el ventanal envolvía la casa en un ritmo pausado, casi hipnótico. Era una tarde de domingo que pedía abrigo, silencio y confesiones. En la cocina, el aroma a bizcochuelo recién horneado se mezclaba con el perfume a lavanda que siempre llevaba Alejandra en la piel. Damián la observaba desde el umbral de la puerta, con una mezcla de ternura y asombro.
Ella estaba de espaldas, su cabello oscuro atado en una trenza desordenada que dejaba caer algunos mechones sue