La madrugada aún era espesa cuando el celular de Nicolás vibró sobre la mesa de luz, acompañado de un zumbido grave que lo sacó de su sueño.
—¿Hola? —contestó con la voz aún dormida y los ojos apenas entreabiertos—. ¿Fabián?
—Nico… —dijo la voz del otro lado, agitada, emocionada—. Tengo que contarte algo.
—¿Qué hora es? ¿Qué pasó? ¿Están bien? —preguntó, ya incorporándose en la cama.
—Pasó algo, Nico. Una cosa hermosa, pero pasó tan rápido que… no me dio tiempo de avisarte.
—¿De qué hablás?