Benedict Cavendish
La bofetada aún me palpitaba en la mejilla, un recordatorio físico de que Savannah no estaba dispuesta a ser la muñeca de porcelana que el mundo creía que era. Pero verla ahora, enredada en mi cuerpo, con la respiración entrecortada y los ojos encendidos con esa rabia posesiva, era mucho más excitante que cualquier sumisión pasiva.
Ella se movía sobre mí con una urgencia eléctrica. Sus manos, que antes se aferraban a mis hombros por necesidad, ahora recorrían mi pecho y m