No hizo falta que se lo volviera a pedir. Él estaba tan ansioso como yo. Soltó mis piernas, que hasta ese momento habían permanecido colgadas sobre sus hombros, y me puso en posición para comenzar lo que hacía ya rato se sabía que iba a suceder. Antes de hacer nada, me miró a los ojos y buscó mi aprobación una vez más. Con una mirada llena de lujuria, llena de deseo, llena de locura, asentí. Él endureció el gesto y agachó la cabeza para mirar su objetivo. Con mucho cuidado, se acostó encima de