—¿Mi culpa? —respondió, arqueando un poco las cejas.
—Sí.
—¿Mi culpa por qué?
—Bueno... me quitaste los pantalones de una forma que... —dije entonces, dejándola ahí botando.
—¿De qué forma? De la única forma que podía. Me dijiste que estabas cansado y te hice el favor.
—De la única forma que podías no... Seguramente te sabías alguna en la que no tuviera que restregarme el higo por toda la pierna.
Con eso y un tomate, directos al combate. Al carajo las ganas de dormir. Si Cecilia quería guerra,