º|º Piero º|º
El almacén apesta a gasolina y polvo, un mausoleo de metal que engulle cada sonido, salvo el eco de mis pasos. La puerta de la oficina se cierra tras nosotros, y el clic del cerrojo es un martillo en mi pecho.
Lorenzo, mi padre, está frente a mí, su silueta recortada contra la lámpara que parpadea en el techo, arrojando sombras que bailan como demonios. La mesa de madera entre nosotros está llena de marcas, cicatrices de otros tratos, otras traiciones. Mis nudillos, aún rojos por