No podía dormir. No realmente. Ese tipo de calor inquieto que se arrastra bajo la piel a las 2 a.m. me tenía enredado en las sábanas, con el corazón latiendo demasiado fuerte en la casa silenciosa. Mamá estaba fuera por un viaje de trabajo —tres días, tal vez cuatro— y la casa se sentía demasiado grande, demasiado vacía, demasiado llena de posibilidades en las que se suponía que no debía pensar.
Estaba desnudo salvo por unos bóxers negros que ya se pegaban incómodamente donde el precum había em