**Capítulo 3: El Confesionario**
La tercera noche ella no llamó a la hora acordada.
Esperé en la antecámara tenuemente iluminada de mis aposentos, con la sotana desabotonada hasta la cintura, la pesada lana colgando abierta como cortinas separadas. El fuego en la pequeña rejilla se había reducido a brasas; la única luz real provenía de la única vela sobre la mesa junto al reclinatorio. Me había dicho a mí mismo que no la buscaría, que no caminaría de un lado a otro, que no dejaría que la antici