Todavía recuerdo el momento exacto en que las ruedas del carruaje crujieron al detenerse sobre la grava frente a la puerta de la sacristía. El sonido fue demasiado fuerte para una hora tan temprana; se sintió como una intrusión. Estaba arrodillado ante el pequeño reclinatorio en mi estudio, con la frente apoyada en las manos entrelazadas, cuando el ruido me obligó a enderezarme. Me levanté sin prisa —la prisa es el ritmo del diablo— y crucé hacia la estrecha ventana que da al patio.
Allí estaba