Me llamo Mia, tengo veintidós años y he pasado todo el verano convirtiendo al tranquilo y formal papá divorciado de al lado en mi obsesión personal.
El señor Caleb Hart —cuarenta y tres años, hombros anchos, antebrazos gruesos por años de trabajo en la construcción antes de dedicarse a la consultoría— se mudó hace dieciocho meses, justo después de que se finalizara el divorcio. Tiene ese aspecto rudo y salpicado de plata: cabello oscuro cortado corto, sombra de barba permanente, líneas de expre