Dos días.
Eso es lo que Caleb me dio antes de que volviera a perder el control.
Los pasé en una nebulosa: dolorida entre las piernas, con los pezones sensibles cada vez que la camiseta los rozaba, reviviendo la forma en que me había follado sobre la isla de la cocina como si estuviera marcando territorio. Mis padres seguían fuera. La casa se sentía 100% nuestra. Pero no me escribió. No me saludó. Ni siquiera miró por encima de la valla cuando me “accidentalmente” tomé el sol sin top otra vez.
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