AMANDA
Tonta, tonta, tonta.
Esas eran las palabras que me repetía una y otra vez mientras iba en el auto de Emiliana, porque sola una persona muy estúpida se saboteaba de la manera en que yo lo hacía.
Había que ser realmente masoquista como para crear una tormenta en un pequeño vaso de agua, la cita iba perfectamente bien, incluso mejor en eso y yo debía ir a arruinarla con mis comentarios ponzoñosos.
Una parte de mí, a la que debería hacerle caso con mayor frecuencia, me animaba diciéndome que