AMANDA
Habían pasado dos semanas desde que estaba viviendo con Emiliana, dos malditas semanas en las que había aprendido el correcto significado del autocontrol, porque literalmente se tenía que poseer nervios de acero para no saltar en los brazos de la pelinegra y comerme su boca. Cada día que terminaba, me daba unas palmaditas mentales por no haber sucumbido a mis primitivos instintos mientras me encontraba en su presencia.
Lo peor, pero en serio lo peor de todo, es que Emiliana actuaba tan f