AMANDATomamos asiento en una de las mesitas de picnic, hacia un día precioso: el cielo despejado, las aves cantando, niños jugando y martirizando a sus padres, quienes habían tenido la errónea idea de traerlos al mundo, pero aun así los amaban con todo su corazón, pues eran parte de ellos. Odiaba los días de ese tipo, tanta dulzura me provocaba ganas de vomitar, sobre todo si no había tomado mi dosis de cafeína diaria. Mi supuesto amigo, es decir Joshua, me observaba de frente con una expresión de diversión al notar mi malestar; de haber sido una persona con menos autocontrol le habría dado un puñetazo, pero como la gran dama que era, me limite a mostrarles los dientes en un gesto casi animal.Si, era la representación misma de la gracia y elegancia. Al parecer mi acción asustó de verdad a Joshua porque se encogió de hombros y me entregó una de las tazas de café que traía. Observé la bebida con adoración, como si dios mismo se hubiese presentado ante mi adoptando esa forma, se la ar
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