―Te quiero en mi cama.
Esas palabras son suficientes para detenerme de hacer una idiotez. Si no estuviera tan impactada, reiría, de todo lo que pensé que pudo haber dicho, eso no estaba en las opciones. ¿En su cama? No negaré que un hormigueo nace en mi estómago, que el calor amenaza con subir a mi rostro y que una parte de mí se siente triunfante.
―¿Estás demente? ―siseo―. Ideaste un plan para que tu hermano nos viera.
―No impediste que te besara.
Porque me urgía un maldito cabello, entré en p