Esa misma noche, después de que la pequeña celebración terminara y los guardias redoblaran la vigilancia, Luciano y Aurora se encontraban en la biblioteca. Emma se había quedado dormida en uno de los sofás grandes, abrazada a un oso de peluche que Luciano le había regalado.
Luciano observaba a la niña desde lejos, con una expresión inusual en su rostro: una mezcla de respeto y una ternura que intentaba ocultar tras su fachada de hierro. Se acercó a Aurora, que comía algo de fruta cerca de la ch