El sol comenzaba a descender sobre, tiñendo el cielo de un color ámbar que parecía bendecir la propiedad de los Costello.
No era una boda común, no podía serlo. El mundo exterior era un lugar de sombras y deudas de sangre, pero dentro de los muros de la mansión, Luciano había arreglado todo para que ese día fuera perfecto para ella.
Miles de rosas blancas y jazmines importados de la costa trepaban por las columnas de mármol, creando una fragancia embriagadora que borraba cualquier rastro del o