La lluvia caía como un murmullo constante sobre el empedrado del camino que conducía a la mansión Carbone. Las luces del coche de Vittorio atravesaron la bruma del anochecer como dos cuchillas incandescentes. A esa hora, el silencio envolvía la propiedad, solo interrumpido por el eco lejano del motor apagándose.
Vittorio bajó del auto sin paraguas, con el rostro empapado, la mandíbula tensa, la mirada clavada en la entrada. Llevaba el saco abierto, el cuello de la camisa desordenado. Se notaba