Palermo, 3:14 a.m.
La lluvia golpeaba los ventanales como si el cielo supiera lo que estaba a punto de pasar. Vittorio permanecía de pie, en bata, una copa de brandy en la mano, la mirada perdida entre las gotas que se deslizaban por el cristal. Afuera, el mundo dormía. Dentro, su alma gritaba.
No escuchó los pasos, pero lo sintió. Ese aroma. Esa electricidad. La puerta del despacho se cerró tras él con un clic suave y firme.
—Tardaste —dijo Vittorio sin girarse.
—Tu mensaje fue claro, pero