PALERMO, 10:42 A.M. — EXTERIOR DEL INSTITUTO PRIVADO DANTE ALIGHIERI.
El sol golpeaba con fuerza sobre las losas del patio de fútbol. James Carbone, con la camiseta ligeramente sudada y el cabello oscuro pegado a la frente, miraba a los tres chicos que lo rodeaban con una mezcla de furia y desafío. Era alto para sus quince años, pero no lo suficiente como para no notar la diferencia de tamaño entre él y los otros. Uno de ellos, el más corpulento, le empujó el hombro con fuerza.
—¿Qué pasa, prin