El hospital había adoptado un extraño silencio. Los pasillos, siempre cargados de ecos de pasos y murmullos, parecían haberse rendido ante la presencia de los hombres Carbone, apostados como sombras en cada esquina. Vittorio no se había movido en todo el día, con la chaqueta aún manchada de sangre seca y los ojos sin descanso.
Cristian dormía profundamente, conectado a un suero, y su respiración, aunque débil, era constante. El médico había dicho que, con reposo, se recuperaría bien. Pero eso n