El día amaneció gris sobre la ciudad, con un cielo encapotado que parecía anticipar una tormenta. En la habitación del hospital, el silencio ya no era opresivo sino tenso, contenido, como una respiración suspendida en el tiempo.
Cristian despertó despacio, con el cuerpo aún adolorido y el rostro perlado por un leve sudor. Giró la cabeza, encontrándose con los ojos inyectados de insomnio de Vittorio, quien estaba sentado junto a él, con el rostro oculto entre sus manos.
—¿Dormiste algo? —pregunt