El aire en la sala estaba tan cargado que parecía que la respiración misma se volvía espesa y amarga. El olor metálico de la sangre impregnaba el suelo de mármol donde Alessandro yacía, respirando con dificultad, su camisa empapada de rojo que se extendía lentamente como una mancha viva, un recordatorio cruel de que el tiempo se agotaba. Matteo, con los ojos enrojecidos por la desesperación, lo sostenía entre sus brazos, presionando la herida con sus propias manos temblorosas.
El corazón del mu