La mansión Carbone se alzaba imponente contra el cielo encapotado, con sus muros de piedra bañados por la luz mortecina del atardecer. El auto negro se detuvo frente a la entrada principal y, por un instante, reinó un silencio tan espeso que parecía absorber incluso el sonido de los neumáticos sobre la grava. La puerta del vehículo se abrió con un golpe seco, y uno a uno descendieron. Nadie pronunció palabra. La tensión viajaba con ellos, pegajosa y opresiva, como si el aire mismo en aquel tray