Reira estaba sola en su aula, sentada en su escritorio con la mirada fija en el papel frente a ella, pero sin realmente verlo. Afuera, los niños jugaban, sus risas y gritos de emoción se filtraban por las ventanas abiertas, llenando el aire con la vitalidad propia de la infancia. Pero ella apenas lo notaba.
Su mente seguía atrapada en la escena de la iglesia, en la opresión en su pecho cuando se dio cuenta de que el hombre que la había escuchado no era el padre Miguel.
¿Lo había visto bien?