Reira despertó de golpe, el pecho agitado por un sobresalto que no supo de dónde venía. Sus ojos se sentían pesados, pegajosos, como si los párpados se rehusaran a separarse por completo. Parpadeó varias veces, confundida, intentando que el mundo se acomodara frente a ella.
Se incorporó apenas, con torpeza, pero un dolor sordo y profundo la atravesó entre las caderas, obligándola a recostarse de nuevo con un gemido ahogado. El colchón crujió bajo su peso. Se quedó quieta, respirando despacio, c