Elliotte tomó el vaso de ron entre sus dedos con calma, observando cómo el líquido oscuro se agitaba suavemente al ritmo de su movimiento. Su mirada, fría y calculadora, nunca se desvió de la figura tendida en su cama. La luz tenue de la habitación, apenas filtrada por las cortinas, acariciaba la piel de Reira, revelando las suaves curvas de su cuerpo aún en reposo. La escena era tan tranquila, tan perfecta, que casi parecía irreal.
El ron ardía en su garganta, pero no lo sintió. Su mente estab