Amelia bajó las escaleras con los ojos vendados, guiada con suavidad por la mano firme de Erick.
El aroma a cena recién preparada y a velas de vainilla llenaba el aire. A lo lejos, el sonido constante de las olas rompiendo contra la orilla marcaba el ritmo de la noche. La brisa marina entraba suave por los ventanales abiertos.
—¿Qué es esto, Erick? —preguntó ella, sonriendo con esa mezcla de curiosidad y emoción.
Él se inclinó apenas hacia su oído.
—Bueno, señora Blackwood… un día como hoy, sus